Martirio en Amiens

Según la tradición local, el día 10 de octubre de un año desconocido de finales del siglo III, entró Fermín en Amiens por la puerta de Beauvais, siendo recibido por el senador Faustiniano, quien lo hospedó en su casa.

Iniciada la predicación pública rápidamente se hicieron cristianos no solamente gran parte del pueblo, sino también varios nobles cuyos nombres figuran en las Actas como el mencionado Faustiniano, el senador Ausencio Hilario o la noble Atilia. El mensaje anunciado por Fermín se vio apoyado, además, por numerosos milagros: devolvió la vista a Casto, hijo del noble Andrés, sanó a dos leprosos, curó a varios paralíticos, liberó a algunos endemoniados.

De tiempo en tiempo, salía Fermín a predicar en los lugares circundantes y también en localidades más lejanas como Picquigny, Vignacourt y Bobés.

El Breviario Ambianense relata que repetía a menudo: “Mis queridos hijos, sabed que el Padre Dios, creador de todas las cosas, me ha enviado a vosotros para purificar esta ciudad del culto a los ídolos y para predicar a Jesucristo crucificado y resucitado por la fuerza de Dios.”

La fama de la predicación y de los milagros de Fermín terminaron por llegar a los gobernadores de la provincia, Lóngulo y Sebastián, quienes se trasladaron de Tréveris, donde residían, hasta Amiens, azuzados por los sacerdotes de los ídolos y de los templos paganos pues había sido decretada la persecución de los cristianos por el emperador Diocleciano. Llegados a Amiens ordenaron que en el plazo de tres días se reunieran los tribunos y todos los jefes militares en el pretorio Climiliano. Una vez reunidos, mandaron llamar a los curiales y a los sacerdotes de los templos, ante los cuales, como se transcribe en las Actas, dijo Sebastián:

-“Los sacratísimos emperadores ordenaron que el honor y el culto de los dioses fuesen observados por todos los pueblos y las gentes hasta los rincones más lejanos del Imperio. Ellos dispusieron que las aras sagradas y los altares fuesen venerados de acuerdo con las antiguas tradiciones y costumbres. Si alguien atenta contra los decretos de los santísimos emperadores, se les debe aplicar la pena capital según el decreto dado por los senadores y por los príncipes de Roma.”

Auxilio, un venerable sacerdote de los templos de Júpiter y de Mercurio fue el primero en lanzar su acusación:

-“Se encuentra entre nosotros un pontífice de los cristianos, quien no solamente aparta a la ciudad de Amiens del culto y religión de los dioses, sino que parece querer separar a todo el Imperio Romano de ellos.”

Seguidamente Sebastián preguntó sobre el nombre del intruso, respondiendo Auxilio:

-“Se llama Fermín, es de Hispania, astuto y lleno de elocuencia y de sagacidad. Predica y enseña al pueblo que no existe otro Dios, ni otra virtud en el cielo y en la tierra sino el Dios de los cristianos, Jesucristo, al que llama Nazareno. Dice que éste es más omnipotente que todos los dioses. Tacha a nuestros dioses de ídolos, demonios y simulacros varios, mudos sordos e insensibles. Con estas ideas subleva al pueblo y lo aparta de la religión de los dioses para que no acuda a orar a los templos de Júpiter y de Mercurio, y seduce el corazón de los senadores para que se hagan cristianos. Si no lo exterminas y aplicas a los otros severas penas, se seguirá gran peligro para la república, pues intenta subvertir los fundamentos y la estabilidad del Imperio Romano. Escucha nuestros consejos, excelentísimo presidente, para que la república se vea por ti salvada y nuestros dioses se vean libres del peligro. Manda que sea traído ante este tribunal, con nosotros presentes.”

Sebastián y Lóngulo, espantados y temerosos ante tal acusación, ordenaron que dentro de dos días fuera llevado preso Fermín al teatro junto a la puerta Clipiana. Sin esperar al plazo señalado para su prendimiento, acudió Fermín al día siguiente al pretorio, se presentó ante el tribunal y allí mismo comenzó a predicar a Jesucristo, enseñando a adorarlo, mientras aconsejaba abandonar los ídolos y destruir los templos paganos.

Vuelto hacia él, le dijo Sebastián:

-“¿Eres tú aquel blasfemo que destruyes los templos de los ídolos y separas al pueblo de la santa religión de nuestros sacratísimos emperadores? ¿De dónde eres tú? ¿De qué ciudad o región afirmas ser?”

El apóstol, respondió sin dudar:

-“Si preguntas por mi nombre, me llamo Fermín, de Hispania, del orden de los senadores, de la ciudad de Pamplona, cristiano por fe y por doctrina, y obispo. Soy enviado a predicar el evangelio del Hijo de Dios, para que conozcan las gentes que no existe otro Dios ni en el alto del cielo ni en lo profundo de la tierra; que creó todas las cosas de la nada y en quien permanecen todas las cosas; que tiene poder sobre la vida y sobre la muerte; de su mano nadie puede salir; le asisten los ángeles y las virtudes del cielo; ante él se doblan todas las rodillas en la tierra, en el cielo y en el infierno; doblega a los reinos y disuelve el reino de los bateos; bajo él corren los tiempos y mudan las generaciones; es inmutable por siempre, porque siempre es él mismo y sus años no tienen fin. Sin embargo, los dioses que adoráis por ilusiones y fantasías de los demonios, son simulacros mudos, sordos e insensibles que condenan las almas y a sus adoradores precipitan en lo profundo de los infiernos. Esto es lo que yo predico y con libertad denuncio que son fabricación diabólica; digo a todos los pueblos y a todas las gentes que los abandonen para que no sean arrojados con ellos en las profundidades del tártaro y de la gehena perpetua, donde su padre es el diablo.”

Ante esta respuesta se levantó un gran murmullo entre el gentío. Sebastián, muy enfadado y pidiendo silencio, pronunció esta sentencia:

-“Por los dioses y diosas inmortales y por su invencible poder te contesto Fermín, para que en tu ignorancia recapacites y no reniegues de la santa religión que practicaron tus padres, sino que de inmediato ofrezcas un sacrificio a los dioses y a las diosas. Si no lo haces, te aplicarán todo tipo de tormentos y te haré sufrir terrible muerte ante todo el pueblo.”

No hicieron cambiar estas palabras el semblante de Fermín, sino que respondió al gobernador de este modo:

-“Has de saber, presidente Sebastián, que no temo las penas y tormentos con que amenazas. Lo que me apena es que en tu vanidad e ignorancia creas que yo, servidor del Dios inmortal que todo lo domina, me voy a doblegar con tus tormentos. Con cuántas más penas me amenaces, tanto más me dará mi Dios la virtud de soportarlas a fin de que merezca alcanzar la corona inmortal. Pues por las penas temporales con que me amenazas, no quiero separarme de la vida eterna en el reino del Hijo de Dios, donde reinaremos sin fin. Tú podrás mantener vivos los tormentos y las llamas más atroces, pero arderás más eternamente en el furor de ese fuego que tu impiedad aplica hoy a los siervos de Dios.”

Sebastián quedó estupefacto por la constancia del obispo y por la fuerza de su predicación. El pueblo de Amiens, entusiasmado con las palabras de Fermín y agradecido por los muchos beneficios recibidos de sus manos, quería arrancarlo de las manos del tirano. Sebastián, por miedo al levantamiento del pueblo, se retraía de condenar al obispo a los tormentos. No obstante, mandó a sus soldados que lo prendieran y lo encerraran en la cárcel indicándoles que lo decapitaran silenciosamente por la noche y que escondieran su cuerpo para que no lo encontraran los cristianos y le tributaran honores.

Fermín, habiendo sido apresado por los soldados, según el mandato que recibieron de Sebastián, no cesaba de alabar a Jesucristo ante la rabia de sus carceleros. A la noche siguiente, mientras la ciudad dormía, se presentaron varios soldados dispuestos a cumplir los negros proyectos ordenados. Cuando los vio llegar, con el corazón repleto de emociones y con lágrimas de alegría en los ojos, dispuesto a aceptar su holocausto, prorrumpió en esta oración:

-“Te doy gracias, Señor Jesucristo, soberano dador de todos los bienes, pastor bueno, que te dignas llamarme a compartir la suerte de tus buenos amigos. Dígnate, Rey piadoso y clemente, guardar con tu misericordia y proteger a todos aquellos que por virtud de mi ministerio son hijos tuyos y ayudar a quienes pedirán tus favores por mi intercesión, pues tuyo es el reino y el poder por los siglos de los siglos.”

Concluida su oración, se puso Fermín a disposición del verdugo quien, desenvainando su sable, dio un golpe certero en la cerviz del obispo, separando la cabeza del cuerpo. La muerte de Fermín se produjo el 25 de septiembre, al parecer del año 303. El cuerpo del mártir fue abandonado sangrante sobre el suelo de la prisión a la espera de que Sebastián cumpliera sus propósitos de descuartizarlo y desparramarlo por los campos para que los cristianos no lo encontraran. Sin embargo, el senador Faustiniano, que años atrás había recibido a Fermín a su llegada a Amiens y había sido bautizado por éste, recogió secretamente los restos del santo obispo y los enterró en su sepulcro familiar de Abladene, próximo a Amiens, donde más tarde se levantaría la iglesia de Santa María de los Mártires, convertida después en la abadía de Saint Acheul.

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