Bajo el capote de San Fermín

Su capote, para los que se arriesgan en el encierro, es llamada a no contentarse con correr por el asfalto de las calles Santo Domingo, Mercaderes o Estafeta. Es carrera que intenta mirar y alcanzar  metas más altas: entrar en esa inmensa plaza que nos aguarda en el cielo.

Su capote, para los que creemos y esperamos en Dios, es seguridad de que merece la pena arriesgarse con el rojo de nuestra caridad y el blanco de del Evangelio, para teñir Pamplona y también Navarra con el color de la esperanza cristiana. Otros colores, en la fiesta, no son buenos ni hacen bien.

Su capote, para los que sufren o se encuentran en los hospitales, es certeza de que nuestro Santo Patrón intercede y escucha, no sólo las plegarias en Santo Domingo, sino también aquellas otras que se escuchan desde las cuestas arriba de tantas personas que le rezan.

San Fermín, con su capote, sale al quite de las numerosas  cornadas que la crisis económica y moral está produciendo en tantos jóvenes sin horizonte, empresas, comercios,  y familias enteras. La fiesta, ahora más que nunca, es imprescindible para soltarnos y librarnos por unos días de tanto acoso.

Su capote, en la procesión del día 7, se convierte en un mosaico festivo inigualable: los gigantes y los gaiteros, la devoción y las cofradías, las peñas y la jota, el Agur Jaunak y la oración del Padre Nuestro (junto al pocico de San Cernin) el tañido de las campanas y la solemnidad del  Cabildo, la cercanía sonriente del  Arzobispo (presencia viva de San Fermín) , el Ayuntamiento (aunque algunos pasen de largo por San Lorenzo y la misa no vaya con ellos)  o la Pamplonesa como broche de oro cerrando el cortejo, es una bella estampa de lo que debemos ser los ciudadanos de nuestro viejo reino: pueblo que camina, canta, reza, celebra, vibra, sufre y progresa unidos sin dar la espalda a nuestras tradiciones cristianas. Pamplona, sin todo esto, no sería la misma ni sus gentes tampoco.

Y es que, San Fermín, ni es día grande ni es desfile cívico. Es la Ciudad de Pamplona que se rinde ante la efigie del Santo moreno que bendice, protege y cristaliza los sentimientos más limpios y genuinos de nuestra tradición. Quien no sepa estar y se quede en el simple paseo o baile de chisteras, o anteponga sus ideas a la representación que es cargo y carga, él se lo pierde. Lo importante, por si algunos han perdido el norte, es el pueblo. Y, el pueblo, está a millares en la calle, en la misa y donde haga falta.

Grande, inmenso, milagroso, colosal. Rojo e impregnado de Misterio Divino. Así es, y mucho más, el capote de nuestro Santo Patrón San Fermín. ¿Y quién maneja el capote de San Fermín sino el mismo Dios?

¡VIVA SAN FERMÍN!¡GORA SAN FERMÍN!

Javier Leoz

Delegado de Religiosidad Popular (Párroco recién nombrado de San Lorenzo)

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