Financiación

En la financiación, dotada con fondos del Municipio y canalizada por medio del ejercicio de su patronato, finalmente ratificado en 1720, participaron pamploneses y navarros de diversa condición, algunos residentes en Madrid, en su mayoría miembros de la Real Congregación de San Fermín de los Navarros, que se había constituido en la Corte en 1684; otros, dispersos en Indias. Muchos hicieron donaciones en metálico. Otros entregaron alhajas, obras de plata y orfebrería o telas preciosas. Muy importante -9.000 pesos- es la cantidad que remitió desde Filipinas el Conde de Lizarraga, dinero que había recogido entre paisanos. En 1730, ya inaugurado el templo, el Virrey del Perú, don José de Armendáriz, Marqués de Castelfuerte, envió 4.000 pesos de plata doble columnaria, ofrecidos como limosna por navarros residentes en aquella tierra.

Como acicate contó la religiosidad de la época. En la fiesta de la colocación de la primera piedra, el Obispo concedió cuarenta días de indulgencia tanto a los que ya habían dado limosna como a los que en adelante la diesen.

 

Aparte de las aportaciones pecuniarias es preciso recordar prestaciones de tipo personal. Hubo quienes se ofrecieron a trabajar desinteresadamente o a enviar a su costa peones y caballerías. En 1697 se tiene noticia de ofertas que oscilan desde uno hasta cuatro hombres, con duración variable entre uno y cuatro días.

Al margen de las limosnas que recibía y entregaba al depositario, en distintos momentos la Ciudad desembolsó de su peculio público grandes cantidades, hasta un total de cincuenta mil pesos. También tomó otras providencias: el 16 de abril de 1704 determinó suspender las corridas de toros de Sanfermines durante seis años, al objeto de destinar su importe a la construcción de la fábrica (aunque en junio el Virrey ya pedía toros para las fiestas, a fin de celebrar los éxitos de las armas reales). El 31 de aquel mayo se dotó a la Capilla con el importe de la sangre de los carneros muertos en Pamplona. Y en noviembre, el Real Consejo autorizó al Regimiento el cobro de un ochavo por cada almud de cebada que se vendiese en los mesones de la ciudad, aplicable durante diez años a la construcción.