La construcción

Se ha hecho mención de las procesiones del 7 de julio y de septiembre, ésta en la Navarrería. En otro tiempo eran frecuentes las salidas que hacía el Patrono, con ocasión de rogativas para impetrar la bonanza del tiempo, en función de las necesidades que requerían las cosechas. Entonces con más frecuencia y ahora en las fechas señaladas, las calles de Pamplona se convertían en escenario ocasional de culto.

 

Pero es a la  “residencia” de San Fermín a la que pretendemos referirnos aquí. Se tiene noticia de la existencia de una capilla que le estaba dedicada en la parroquia de San Lorenzo, ya en el siglo XIV; un siglo después, en 1534, el Ayuntamiento mandó hacer una lámpara de plata e hizo voto de alimentarla con aceite para que luciera perpetuamente ante la imagen, en agradecimiento por haber librado aquel año a la ciudad de una peste. Y también en la Catedral hubo altar del Santo desde tiempos medievales, aunque el actual, esculpido por Francisco Gurrea, date de 1710.

 

El deseo de erigir un cobijo digno para San Fermín llevó al entonces Regimiento de Pamplona –hoy Ayuntamiento- a acordar el 11 de julio de 1696 la construcción de una capilla capaz y suntuosa, dentro de la iglesia de San Lorenzo, sitio donde se encontraba la imagen relicario.

 

Los planos fueron encargados en un primer momento a Santiago Raón, un francés, de Lorena, entonces residente en La Rioja, acreditado por obras realizadas en Calahorra, Corella o Villafranca. Poco después se requirió la presencia de Martín de Zaldúa, en aquel tiempo ocupado como maestro de obras del Colegio de Loyola, y del dominico Fray Juan de Alegría, vecino de Zaragoza. Es probable que Zaldúa y Alegría sancionasen con sus firmas los aspectos fundamentales de la planta y alzado trazados por Raón, con algunas correcciones. En todo caso, la documentación se refiere a los tres como coautores. La nueva capilla iba a erigirse en la zona que ocupaba el claustro de la iglesia de San Lorenzo (recordemos que se trata de la construcción gótica, más o menos coetánea del templo parroquial de San Saturnino). La construcción afectó también a las capillas de los Remedios, Espíritu Santo y San Lázaro, quedando privada la parroquia de más de doscientas sepulturas que había en aquel lugar: sus losas y los sillares del claustro fueron suficientes para la mayor parte de los cimientos. Asimismo fue necesario demoler gran parte de las casas vicarial y del sacristán.

 

El 29 de agosto de 1696 pudo colocarse la primera piedra, en un acto solemne al que acudieron el Obispo, don Toribio de Mier, el Virrey, Marqués de Valero, y el Regimiento municipal. Los cimientos se escrituraron con el cantero Lucas de Ibero el 3 de noviembre. Un mes más tarde se suscribió la escritura de las obras comprendidas entre la cimentación y el arranque de los capiteles: resultaron adjudicatarios los canteros Miguel de Yoldi y José de Goyenechea, quienes se comprometieron a terminar los muros para fines de noviembre de 1697. En 1700 Juan Antonio de San Juan, que desde un primer momento gozó de la confianza de los tracistas, realizaba las paredes exteriores de ladrillo. En 1705 estaban construidos arcos torales y bóvedas, pero faltaba la cúpula. La edificación prosiguió con notable lentitud, entre otros motivos, por la escasez de dinero para hacer frente a los pagos. En agosto de 1714 se hacen dorar las tribunas de la capilla por José García. Un año después se encarga al albañil Antonio de Villava retirar la tierra amontonada que impedía la vista de los arcos y de la obra exterior. En enero de 1717 la Obrería de San Lorenzo solicita de la Ciudad ayuda para costear el trono del Santo, con objeto de que la inauguración pueda celebrase en julio. El 17 de abril el Regimiento aprueba los festejos que se han de celebrar con motivo de la colocación de la imagen de San Fermín en su nueva Capilla, lo que indica su práctica terminación.

 

La inauguración tuvo lugar el 7 de julio, fiesta principal del Patrono, con la procesión que, partiendo de la Catedral, tomó en San Lorenzo el bulto del Santo. Le acompañaban la Corporación Municipal, el Cabildo,  clero secular y regular y gremios, precedidos por seis gigantes y dos tarascas. Al pasar frente a la Ciudadela la artillería y fusilería dispararon salva Real. Las comunidades religiosas levantaron altares en distintos puntos del recorrido, ante los que se fue deteniendo la imagen, mientras se cantaba un villancico. Cuando el cortejo penetró en la iglesia de San Lorenzo, una vez colocado San Fermín en el trono de su Capilla, se entonó el Te Deum e inmediatamente se ofició una misa solemne. Durante varios días prosiguieron las celebraciones religiosas y profanas de este significado acontecimiento dieciochesco.