Fermín se convierte en obispo

Firmo entregó a su hijo primogénito, Fermín, a Honesto para que le enseñara las letras humanas y lo formara en la doctrina cristiana. Bajo la dirección del santo presbítero, Fermín hizo grandes progresos tanto en la virtud como en las ciencias. A la edad de 17 años había alcanzado ya amplios conocimientos y acudía a la iglesia para cantar alabanzas a Dios y a los santos.

No escapó al fino olfato de Honesto la inclinación que el joven mostraba hacia el apostolado. Por ello procuraba que lo acompañase en sus viajes apostólicos por las aldeas que rodeaban Pamplona así como por las calles de la ciudad para que con su palabra confirmara el pueblo devoto exhortándolo al conocimiento de las verdades religiosas. Cuando lo consideró maduro, lo envió a Toulouse para que el obispo Honorato, sucesor de Saturnino, lo ordenase sacerdote. Fermín volvió a Pamplona como presbítero ayudante de Honesto.

Contaba con veinticuatro años cuando Honesto, viendo que se habían enriquecido las cualidades de su discípulo, lo envió de nuevo a Honorato para que lo ordenase obispo. El obispo tolosano, en cuanto vio a Fermín, comprendió que estaba predestinado y elegido por Dios para hacer presentes entre las gentes la palabra de Dios y la gracia de la salvación. Honorato en la celebración de la ordenación, delante del pueblo, le habló a Fermín de esta manera, según consta en las Actas:

-“Alégrate, hijo, pues has merecido ser vaso de elección para el Señor, has recibido de Dios la gracias y el oficio de apóstol. Dirígete a la dispersión de las gentes. No temas, porque Dios está contigo. Debes saber que padecerás mucho por su nombre hasta que llegues a recibir la corona de la gloria.”

Una vez se hubo despedido Fermín de Honorato y de sus hermanos presbíteros, retornó a Pamplona. Apenas llegó, le comunicó a su maestro Honesto el mandato que había recibido del obispo Honorato en su ordenación: anunciar a Jesucristo a los pueblos.