Inicio del cristianismo en Pamplona

Según cuenta la tradición, san Fermín nació, a mediados del siglo III, en Pamplona –Pompaelo en aquél tiempo-, ciudad romana situada al norte de la provincia de Hispania del Imperio Romano, ahora capital de la provincia de Navarra (España). Fue hijo de Firmo, senador local, distinguido entre sus ciudadanos por su amable carácter y por su vida honesta, y de Eugenia, quienes tenían dos hijos más, Fausto y Eusebia.

En aquél tiempo, en esta región se daba culto a los dioses romanos. De modo que Firmo y Eugenia, junto con sus hijos, ofrecían ofrendas y sacrificios en los altares paganos.

Vino por aquél entonces a Pamplona para anunciar el evangelio el presbítero Honesto. Éste, siendo natural de Nimes (Francia), abandonó su ciudad natal para afincarse en Toulouse (Francia) atraído por la fama y milagros de Saturnino, obispo de la sede tolosana. Al haber evangelizado ya la zona sur de las Galias, Saturnino envió a su discípulo Honesto al otro lado de los Pirineos con el deseo de que los habitantes de esa región conocieran a Cristo.

Narran las viejas hagiografías que Firmo, su esposa Eugenia y sus amigos los senadores Faustino y Fortunato, mientras iban de camino al templo de Júpiter, situado en las inmediaciones de la actual catedral, para orar según sus ritos y costumbres, se detuvieron al ver a un extranjero que explicaba al pueblo la figura y la doctrina de Cristo, rechazando el culto a los dioses paganos.

Firmo, impresionado por el discurso de Honesto, interrogó al misionero de esta manera, tal y como consta en las Actas:

-“Nuestros dioses, según dices, son ídolos a los que desde antiguo veneraron los príncipes romanos. Explícanos a qué Dios quieres que demos culto.”

Honesto contestó con prontitud:

-“Al que hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto en los mismos habita, se le debe reconocer como verdadero, único y sólo Dios, por quien existen todas las cosas, en el que habitan todas y sin el cual ninguna criatura puede subsistir. Él domina la vida y la muerte. Por el contrario, los dioses de los gentiles, venerados por vuestra religión, deben ser tenidos más como demonios que como seres divinos. Pues así habla el Espíritu Santo por los profetas: todos los dioses de los gentiles son demonios; Dios, por el contrario, hizo el cielo.”

Continuó Firmo interrogando a Honesto:

-“¿De qué secta o religión eres tú para atreverte a proferir tan grave acusación contra nuestros dioses?”

Respondió Honesto:

-“Soy de la ciudad de Nimes, hijo de Emelio y Honesta. En cuanto a la religión a la que pertenezco, continuamente lo proclamo en público. Soy cristiano, instruido en la fe católica, y pertenezco al orden de los presbíteros, discípulo del obispo Saturnino y su hijo por el bautismo, conocedor de las ciencias liberales y educado desde mi primera juventud en los fundamentos de la sagradas Escrituras. Lo que aprendí, enseño. Es claro que Dios es uno, señor de lo visible y de lo invisible, el que era, el que es, el que siempre será. En él se hallan todos los tesoros de la sabiduría, todo se encierra en su majestad. Padre, Hijo y Espíritu Santo, un Dios en tres personas y tres personas en el verdadero Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Si quieres conocer la plenitud de este misterio, lo podrás hacer con su misma ayuda, pues sin la gracia e inspiración del Espíritu Santo nadie la puede alcanzar. Si alguno de vosotros quiere conocer al Dios verdadero, confiese no existir otro fuera del Omnipotente, Trino y Uno. Pues los dioses de los gentiles son simulacros sordos y mudos, hechos por el hombre con metal, madera o piedra imitando al modelo humano y enriquecidos con plata y oro. Tienen boca y no hablan, ojos y no ven, oídos y no oyen, nariz y no huelen, manos y no tocan, pies y no caminan, como la sagrada Escritura recuerda al decir: se hagan semejantes a ellos los que los fabrican y todos los que confían en ellos.

Nuestro Dios omnipotente, Jesucristo, unigénito de Dios Padre, engendrado de la divinidad antes de los siglos, nació de María virgen; al cual se le ha dado la potestad en el cielo y en la tierra; que rescató al género humano del vínculo de la muerte como trofeo de su pasión; el que, al triunfar de la muerte, libró al género humano de los infiernos, de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, de la esclavitud a la libertad. A todos los creyentes los llevó a sí y, con el precio de su sangre, redimió a todos del poder del diablo. Paseó con pies secos sobre el abismo del mar, resucitó a Lázaro muerto de cuatro días, está sentado a la derecha de Dios Padre, vendrá a juzgar a los vivos, a los muertos y al mundo; entonces premiará a cada uno según lo que en esta breve vida haya hecho y obrado; al que asisten los ángeles y arcángeles, y el que premia a los santos y a los justos con el reino eterno, mientras que a los impíos y pecadores condena a las penas y a los tormentos perpetuos.

Esta religión y clara doctrina de verdad nos la enseñó a nosotros Saturnino, obispo, discípulo de los apóstoles, y nos mandó predicar el evangelio de la verdad a todas las gentes y bautizar a todos los hombres en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo para el perdón de los pecados y para la vida eterna sin fin.”

El senador Firmo, admirado de tal elocuencia, dijo:

-“Si Saturnino, de quien dices ser discípulo de los apóstoles, nos confirmase tus palabras, quizás cambiaríamos nuestras mentes, pues conocemos su fama y sus virtudes que certifica con muchos signos realizados en nombre de Jesucristo Nazareno.”

A lo que Honesto respondió:

-“Si vuestra dificultad para aceptar la verdad es ésta, mi señor, padre y maestro Saturnino estará dispuesto a predicaros la salvación y conduciros de las tinieblas a la luz.”

Honesto volvió rápidamente a Toulouse para informar a Saturnino de las óptimas disposiciones en las que había dejado al senador Firmo en Pamplona. No dudó Saturnino ni un momento y, dejando el cuidado pastoral de su diócesis bajo su discípulo Papoul, emprendió el viaje. Una semana después de que Honesto hubiera dialogado con el senador Firmo, llegó Saturnino a Pamplona donde, sin apenas tiempo para descansar de su largo viaje, en el bosque sagrado de cipreses que rodeaba el templo de Diana, comenzó a predicar al Dios verdadero ante un pueblo que había acudido desde todas las partes de la ciudad para escuchar su palabra.

Durante tres días anunció abiertamente el evangelio y presentó los misterios de la fe en el mismo lugar, frente al templo de los dioses falsos, denunciando la locura de adorar divinidades de piedra y de madera salidas de las manos de los hombres. Fueron, además, sus palabras confirmadas con muchos milagros.

El pueblo de Pamplona se convirtió en masa. Igualmente los tres senadores –Firmo, Faustino y Fortunato- decidieron abjurar de los errores de sus padres y pidieron ellos también el bautismo, recibiéndolo de manos de Saturnino. Parece obvio que también serían bautizadas sus familias por el santo obispo. Así, Eugenia, Fermín, Fausto y Eusebia recibieron el bautismo. No obstante algunos opinan que el hijo del senador, Fermín, fue bautizado por san Honesto.

Como señal de su conversión, fue destruido el templo de Diana y talado el bosque sagrado que lo rodeaba, de tal manera que no quedó en pie vestigio alguno de los antiguos signos paganos. Y cuentan que, a impulsos de aquella ardorosa predicación, se construyó rápidamente la primera iglesia, que pronto resultó insuficiente.

Después de todas estas conversiones, Saturnino, dejando a Honesto en Pamplona para que consolidara la comunidad cristiana recién inaugurada, reemprendió el camino de retorno a su sede episcopal de Toulouse. Tiempo después, decretada la persecución de los cristianos por el emperador Decio, Saturnino fue detenido en el capitolio de su ciudad donde fue atado a la cola de un toro, que lo arrastró por las escaleras desde lo alto del edificio hasta que, destrozados la cabeza y el cuerpo, entregó su alma a Cristo un 29 de noviembre hacia el año 250.